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Publicado en Cuarto de hora

 

La desestabilización que cause una intervención militar de EEUU en la región hará de Latinoamérica el nuevo Medio Oriente. El ojo que tienen puesto sobre las riquezas de nuestros territorios no nos puede condenar a vivir el mismo horror que Irak y Afganistán.

Los innúmeros síntomas que sufre la hyperpotencia estadounidense nos indica cuan deteriorada está su situación. El ascenso de China, su declive en sus guerras en el Medio Oriente, el debilitamiento del dólar, el estallido social de los sectores más discriminados, la desaceleración de la economía mundial, y la trágica hecatombe por el coronavirus, dan cuenta del agotamiento de la hegemonía imperial de Estados Unidos.

En ese estado de trastorno, hay peligro que Washington caiga en la “trampa de Tucídides”. Al verse amenazados por el surgimiento de la potencia china, sin poder contenerla, se dejaron envolver por la tensión estructural que se produce cuando una potencia emergente reta a otra establecida, creando así las condiciones para que se desate una guerra. El instinto de supervivencia de esa fiera malherida la guía a recogerse y a acopiar fuerzas y recursos para el enfrentamiento decisivo contra su adversario chino.

Su cuerpo se convulsiona ante el debilitamiento de su hegemonía y hace sentir sus patadas de ahogado en Nuestramérica. Su marcha imperial guiada por la Doctrina Monroe arrancó históricamente con la anexión de territorios mexicanos en 1848, siguió con la colonización de Puerto Rico en 1898 y la desmembración de Panamá en 1903, hasta hoy cuando su ambiciosa orden “América para los estadounidenses” sigue pisoteando nuestros países. La cadena de intervenciones, operaciones encubiertas, golpes de Estado, dictaduras cívico-militares e instalación de bases militares, vive en estos últimos años un renovado impulso en el marco de una nueva disputa por la hegemonía mundial.

Los preparativos para el inevitable choque bélico contra China tienen dos claras finalidades: por un lado, asegurar el suministro futuro de petróleo, que le permita responder en todos los campos donde llegue a darse ese duelo; por otro lado, neutralizar toda tentativa de autonomía de los países que constituyen su estación de gasolina y su bodega de abastecimiento, es decir su patio trasero.

[/et_pb_text][et_pb_image src=»http://mariajosepizarro.co/wp-content/uploads/2020/08/tuit.png» title_text=»tuit» align=»center» _builder_version=»4.6.0″ _module_preset=»default»][/et_pb_image][et_pb_text _builder_version=»4.6.0″ _module_preset=»default» text_font=»Poppins||||||||» text_text_color=»#000000″ text_font_size=»15px»]En efecto, sus últimos movimientos en Latinoamérica se han centrado en tres ejes, lo político, lo económico y lo militar. En la arena política, han implementado una amplia gama de tácticas con el fin de deshacer los avances democrático-populares y progresistas en la región para recomponer la geopolítica continental. Estos años, Latinoamérica ha sufrido golpes de Estado de un nuevo tipo, como en Honduras (2009), Paraguay (2012) y Brasil (2016), y golpes cívico-militares como en Bolivia (2019). Sumémosle la manipulación mediática, cercos diplomáticos, bloqueos económicos, hasta tweets ingerentes de Trump y de sus asesores de seguridad nacional. Ahora bien, esa artillería de medidas hegemónicas se ha aplicado en cada uno de nuestros países a través de la coerción, la represión y la violación de DDHH en contra de la movilización social y las comunidades organizadas.

Paralelamente, en el terreno económico, los intereses estadounidenses se han concentrado en el acceso a recursos naturales, principalmente minero-energéticos y de biodiversidad, y en ampliar su base productiva de maquilas a fin de preservar su mercado doméstico abastecido.

Finalmente, en el campo militar, bajo el móvil de la guerra contra el narcotráfico, un intenso y creciente despliegue marítimo, aéreo y terrestre de las fuerzas militares de los Estados Unidos ha tenido lugar en estos últimos años y en particular desde abril del 2020, en el mar Caribe y el Pacífico oriental, en el marco de lo que lo que nombra el Comando Sur del Pentágono operaciones antinarcóticos potenciadas (Enhanced Counternarcotics Operations). Las operaciones en el mar Caribe junto con las tentativas mercenarias de invasión de estos últimos meses concurren a la estrategia injerencista de poner fin al proyecto político de Venezuela.

La llegada en junio de este año de la Brigada estadounidense de Asistencia de Fuerza de Seguridad (SFAB) del Comando Sur al territorio colombiano para, según informó la Embajada de Estados Unidos, asesorar y ayudar en operaciones contra el narcotráfico y en apoyo a la paz regional, demostró la fuerza arrasadora del poder imperial en acción. Al permitir que se violen la soberanía de Colombia y las normas constitucionales para desplegar una fuerza militar extranjera en las “zonas futuro”, que coinciden con zonas PDET, el gobierno nacional mostró todo su ímpetu para mantener su status de mejor aliado de Washington y de centro de operaciones del Pentágono. Ese “apoyo a la paz regional” viene siendo reforzado por el nuevo Marco Estratégico del Hemisferio Occidental lanzado hace unos días, que fija la situación final deseada por EEUU: el hemisferio occidental tenderá al mejoramiento de la movilización de recursos regionales (bodega de abastecimiento) y a una mayor integración energética (estación de gasolina).

La expansión de la presencia militar de los Estados Unidos en nuestros territorios es un presagio funesto para los pueblos de Abya Yala. Constituye una clara amenaza para la paz en nuestro continente y una desestabilización a nuestras frágiles democracias. En su partida de Risk, Washington ejerce su hegemonía imperando sobre nuestros destinos. Hemos vivido en nuestras entrañas las insondables pérdidas e incalculables daños que provoca la violencia ciega y devastadora de la guerra. Somos comunidades, territorios, culturas, ancestralidades, cuyo mandato se rige por la política emancipadora de la autodeterminación y de la soberanía de los pueblos. Nuestras ancestras y ancestros nos enseñaron a luchar hasta liberarnos del yugo colonial. Recordemos aquí la fuerza de las palabras del líder guineano Sékou Touré ante el general de Gaulle en 1958: “No hay dignidad sin libertad. Preferimos la pobreza en libertad a la opulencia en la esclavitud.”
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